NOTICIA
06-05-2013

¡Genial el relato que nuestro Nobel Juan Ramón Jiménez le dedicó al mecánico de coches!

¿Qué tiene que ver la poesía con el trabajo de los mecánicos que mantienen y reparan vehículos? Más de lo que imaginas. Al menos en la concepción de Juan Ramón Jiménez. Sí, sí, el de “Platero y yo”, uno de los poetas más universales en lengua española y Premio Nobel de Literatura.

Corría el año 1936 cuando Juan Ramón Jiménez, de profesión poeta y no muy dado a manifestar inclinaciones políticas en un periodo histórico especialmente convulso en el ámbito ideológico, tal vez presionado por la efervescencia ambiente, fijó en papel una suerte de ideario profesional que llamó “El trabajo gustoso”. Contaba en él, en su maravillosa prosa poética, las historias de un jardinero sevillano, un regante granadino, un carbonero de palos y un mecánico malagueño.

Recuperamos hoy la historia del mecánico malagueño escrita hace 77 años. Por cuanto contiene de futuro, de valores de progreso, de compromiso profesional y social, en estos tiempos, aunque de otro modo, también convulsos. Juan Ramón se había formado en el regeneracionismo ético de la Institución Libre de Enseñanza y creía que esforzarse por ser un buen profesional, cultivar el amor por el trabajo bien hecho es la manera de sumar futuro al progreso de la sociedad. Y por eso es tan de celebrar -y para reflexionar- el texto que le dedicó a un mecánico de coches malagueño. Al mimo con el que trabajaba sobre los vehículos. Disfrutémoslo. “El mecánico malagueño”:

"Salíamos de Málaga, difícilmente. El coche se paraba a cada instante jadeando. Venían mecánicos de este taller, del otro. Todos le daban golpes aquí y allá sin pensarlo antes, tirones bruscos, palabras brutas, sudor vano. Y el coche seguía lo mismo. Con grandes dificultades pudimos llegar a un taller que nos dijeron que era muy bueno y estaba a la salida, cuesta de la carretera de Granada, no me acuerdo el nombre. Salió despacio al sol matinal, del ancho fondo negro, un hombre alto, lleno, sonriendo dueño de sí. Vino seguro al coche, levantó con exactitud la cubierta del motor, miró dentro con precisa inteligencia, acarició la máquina como si fuera un ser vivo, le dio un toquecito justo en el secreto encontrado y volvió a cerrar en ritmo y medida completos.

- El coche no tiene nada. Pueden ustedes ir con él hasta dónde quieran.
- Pero, ¿no tenía nada? ¡Si lo han dejado por imposible tres mecánicos!
- Nada. Es que lo han tratado mal. A los coches hay que tratarlos como a los animales (no dijo personas). Los coches quieren también su mimo.

Cuando dimos la vuelta y tomamos confiados y tranquilos la bella carretera alta, felices por obra y gracia del buen mecánico, entre la fuerte naturaleza rica de junio, yo miré atrás. El mecánico malagueño estaba azul en la gran puerta, las manos a la cintura, acompañando al coche con firma complacencia."

¿Qué os parece? Estamos convencidos de que aquel mecánico que impresionó a Juan Ramón hoy sería un EuroTaller. Seguro.

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